El Gobernador de N.Y.

Hoy leía en la prensa como todavía se manifiestan efectos por la renuncia del Gobernador de New York, y la verdad la noticia me cansa.
Es decir, ¿es realmente importante si se acostó con una prostituta?
Es importante si mintió sobre ello, pero… ¿Por qué habría de ocultase? ¿Por qué suponemos que la moralidad privada de los hombres públicos compromete su función y los forzamos a llevar una doble vida?

¿La compromete?
Esa es la pregunta.

A ver, yo tengo una postura respecto al tema de la prostitución y lo que implica en términos de explotación humana, pero es una postura política y no moral.Y si fuera una postura moral sería “mi” postura moral.

Hitler era vegetariano, no fumaba y llevaba una vida sana; pero no creo que nadie se atreva a decir que era preferible al renunciado Gobernador de New York.
¿Se entiende?

Suponemos -equivocadamente- que los distintos niveles de la organización estatal son prolongaciones de la familia y le asignamos desde una visión infantil y autoritaria la función de padres de la ciudadanía a las autoridades que en ellos ejercen. Proyectamos en ellos nuestro afán moralista, universalizador y autoritario sobre el resto de la sociedad.

Y digo equivocadamente porque si bien más de alguno podría argumentar respecto a la filo y ontogenia de las formas estatales como complejización de las organizaciones primitivas; el grado de autonomía, conciencia de sí y más contemporáneamente escisión respecto de la sociedad civil, las vuelve algo muy diverso.

Kant (uno de los padres de la modernidad política) formulaba su imperativo categórico de la siguiente manera: “Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu actuación se convierta en una ley universal.”, pero esa es una directriz que en ningún caso -al estar referida (por segunda persona) al propio obrar- puede convertirse en fundamentación del auto-arrogado padrinazgo de la sociedad y la de la privacidad de las personas.

(Justo ayer discutíamos con Luciano respecto al fracaso político de la modernidad kantiana)

Gandhi dice algo parecido, pero que no es igual; y en esa pequeña diferencia radica una gran diferencia: “Compórtate como si tú fueras el cambio que quieres lograr”. Así,  sin aspavientos, autónomamente. Sin joderle la existencia a nadie.

Pero me estoy desviando del tema.

Está bien, me parece que si se acostaba con una prostituta o su abuelita en realidad eso no compromete la eficiencia de sus funciones. Es más, me parece que si incluso fuera un tipo eficiente sólo por un afán de poder, mientras ese afán no interfiera con sus funciones, tampoco importa.

Y que el discurso moralizante sólo contribuye a fortalecer posiciones retrogradas y tender un velo de humo sobre los problemas reales, desvíando la atención de la gente hacia la farándula política.

Sin embargo..
El tipo este se integro a un sistema que implica todos esos supuestos, y no fue capaz de dar el ancho, ni el alto; y se involucro en acciones ilicitas (¿por debilidad? ¿despreocupación? No importa…) y no respeto las reglas del juego que se supone debía defender (por ridiculas que me parezcan)… Y eso lo hace condenable.

Pero ¿es una culpa personal o un efecto del sistema?

Pero ahí vuelvo a caer en la pregunta inicial…
¿Es realmente importante la conducta privada de un hombre público a la hora de ejercer sus funciones políticas?

La verdad es una respuesta que para mí aún está abierta.

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