Sala de Psicopatología

Hay textos a los que simplemente hay que dejar hablar; o más bien dejar gritar… Como este texto de la Pizarnik (Una belleza de mujer y poetisa) que conocía a fragmentos, que hoy encontré por ahí…, y que subo a continuación…

SALA DE PSICOPATOLOGÍA
Alejandra Pizarnik
1971

Después de años en Europa
Quiero decir París, Saint-Tropez, Cap
St. Pierre, Provence, Florencia, Siena,
Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,
Santillana del Mar, Marbella,
Segovia, Ávila, Santiago,
y tanto
y tanto
por no hablar de New York y de West Village con
rastros de muchachas estranguladas.
-quiero que me estrangule un negro-dijo
-lo que querés es que te viole-dije (¡oh Sigmund! con
vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté
en las mejores playas de Europa)
y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,
y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo,
aquí­ estoy, entre las inocentes almas de la sala 18,
persuadiéndome dí­a a día
de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos destino,
-una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no
figura en el mapa dice:
-el dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo
aquí­ (se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
Nietzsche: “Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.”
Strindberg: “El sol, madre, el sol.”
P.Éluard: “Hay que pegar a la madre mientras es joven.”
Si, señora, la madre es un animal carnivoro que ama la vegetación
lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido
de su posicion destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire.
pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,
después de hacerse intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi
útero
(y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de
la oculta ocultadora cuya función es ocultar)
hablo de la concha y hablo de la muerte,
todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí­
orgullo por mi virtuosismo -la mahatma gandhi del lengüeteo, la
Einstein de la mineta, la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino
entre pelos como de rabinos desaseados- ¡oh el goce de la roña!
Ustedes, los mediquitos de la sala 18 son tiernos y hasta besan al leproso pero
¿se casarían con el leproso?
Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
sí­, de eso son capaces,
pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como
ustedes:
-¿Podrí­as hacer un chiste con todo esto, no?
Y
sí,
aquí­ en el Pirovano
hay almas que NO SABEN
por qué recibieron la visita de las desgracias.
Pretenden explicaciones lógicas los pobrecitos, quieren que
la sala -verdadera pocilga- está muy limpia, porque la roña les da
temor, y el desorden, y la soledad de los dí­as vací­os habitados por
antiguos fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilí­citas pasiones de la
infancia.
Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala
llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de
la mejorÃía.
Pero
¿qué cosa curar?
Y ¿por dónde empezar a curar?
Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es
casi tan bella como el suicidio.
Se habla.
Se amuebla el escenario vací­o del silencio.
O, si hay silencio, este se vuelve mensaje.
-¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al
inagotable fluir del murmullo. A veces -casi siempre- estoy húmeda. Soy
una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así­ y
cogerme a mí­ y dármela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda
me la chuparán) a fin de que me exhorcisen y me procuren una buena
frigidez.
Húmeda.
Concha de corazón de criatura humana,
corazón que es un pequeño bebé inconsolable,
“Como un niño de pecho he acallado mi alma” (Salmo)
Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia
prestigiosa (si me quisieran un poquito me ayudarían a anularla)
oh no es que quiera coquetear con la muerte
yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridicula a
fuerza de prolongarse,
(Ridiculamente te han adornado para este mundo -dice una voz
apiadada de mi)
Y
Que te encuentres con vos misma -dijo.
Y yo le dije:
para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma
entidad con él tengo que matar al migo para que así­ se muera el con y, de
este modo, anulados los contrarios, la dialéctica suplicante finaliza en
la fusión de los contrarios.
El suicidio determina
un cuchillo sin hoja
al que le falta el mango
Entonces:
adios sujeto y objeto,
todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos
para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
ese jardin es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio
vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión
y del encuentro,
fuera del espacio profano donde el Bien es sinónimo de
evolución de sociedades de consumo,
y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo
mediante relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
lejos de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese
jardí­n para la niña que fui, la pálida alucinada en los suburbios malsanos
por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que
no has tenido madre (ni padre, es obvio)
De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
en la que finjo creer que mi enfermedad de lejaní­a, de separación
de absoluta NO-ALIANZA con Ellos
-Ellos son todos y yo soy yo-
finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de
buena voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
pero a veces -a menudo- los recontraputeo desde mis sombras
interiores que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad,
cuanto más profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi
amado viejo, el Dr. Pichón R., tan hijo de puta como nunca lo será
ninguno de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,
pero mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen
cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la
miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por no haber
afrontado el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber
hurgado en lo oculto como un pirata -no poco funesto pues las
monedas de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recin-
to lleno de espejos rotos y sal volcada-
viejo remaldito, especie de aborto pestí­fero de fantasmas sifilí­ticos,
como te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos
un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
te quiero tanto que matarí­a a todos estos médicos adolescentes para
darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos, yo, a quien la vida no nos merece)

Sala 18
cuando pienso en laborterapia me arrancarí­a los ojos en una casa en
ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
15 o 20 horas escribiendo sin cesár, aguzada por el demonio de las
analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
porque -oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia
psicoanalítica se olvidó la llave en algún lado:
abrir se abre
pero ¿cómo cerrar la herida?

El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no
restañan la herida que supura.
El hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o
seguramente, le ha causado la vida que nos dan.
“Cambiar la vida” (Marx)
“Cambiar el hombre” (Rimbaud)
Freud:
“La pequeña A. está embellecida por la desobediencia” (Cartas…)

Freud, poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica.
Sin duda, muchas claves las extrajo de “los filósofos de la naturaleza”,
de “los románticos alemanes” y, sobre todo, de mi amadí­simo Lichtenberg,
el genial fí­sico y matemático que escribía en su Diario cosas
como:
“El le había puesto nombres a sus dos pantuflas”
Algo solo estaba, ¿no?
(¡Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado!)
Y a Kierkegaard
Y a Dostoyevski
Y sobre todo a Kafka
a quien le pasó lo que a mí­, si bien el era púdico y casto -“¿Qué
hice del don del sexo?”- y yo soy una pajera como no existe otra;
pero lo pasó (a Kafka) lo que a mí:
se separó
fue demasiado lejos en su soledad
y supo -tuvo que saber-
que de allí­ no se vuelve

se alejó -me alejé-
no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
sino porque una es extranjera
una es de otra parte,
ellos se casan,
procrean,
veranean,
tienen horarios,
no se asustan por la tenebrosa
ambigüedad del lenguaje
(no es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)

El lenguaje
-yo no puedo más,
alma mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te la picás o te quedás,
pero no me toques así­,
con pavura, con confusión,
o te vas o te las picás,
yo, por mi parte, no puedo más.

Poesía completa, Alejandra Pizarnik, ed. Lumen

Anuncios

2 comentarios

  1. Uff… Aleita dixit y dixit como puñetazo en el estómago siempre. Os comenté que daría un comentario, pero este poema bien merece un estudio exegético…

    Quizás todo es al revés. Yo creo que soy tan inútil que me he vuelto inteligente, que sueño tanto con el mundo que me disparo a quizás donde.Y tengo una sospecha de destino que la farmacopea disciplinada de la sala de psicopatología no alcanza a administrar…

  2. este año me encontré con la Pizarnik , y toda ella me sobrecogió… innegable la belleza que brota de una poesía que retrata un sentir doliente y no pude sino pensar una y mil veces (defecto profesional) que su vivencia era feroz y que si bien el fruto son unas letras de una profundidad impresionante, la pura compasión me hizo querer gritarle que era perentorio y posible dejar de sufrir así…. creo…..
    saludos
    C

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: