Mario Benedetti

Mario BenedettiMario Benedetti

Murió Mario Benedetti. Y murió como se muere la gente.
Murió para siempre.
Muchas veces he subido poemas suyos a mi blog, y lo he hecho porque Mario Benedetti, era (y sigue siendo) mi poeta favorito. Carente de todo bucle y arabesco, su lenguaje sencillo, su verso directo fueron los que mejor me describían, los que mejor me narraban.
Despues de todo, la literatura que nos gusta, siempre es autobiográfica.

Por eso, no voy a escribir, sobre su vida, no voy a hacer panegíricos, no voy a oficiar ni de epígono, ni de corifeo…
Simplemente voy a subir un poema de él, sólo una más entre los que ya he subidoy los que están por venir.

AUSENCIA DE DIOS

Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo de olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad la única constante de tu espacio,
quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.

Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, esa que no sabía.

Ahora que miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que Dios se muere, se resbala,
que Dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.

Es tarde. Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas de invierno, el mar a veces,
por no tener tu corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.

Caraduras!

Es increíble como la derecha cuestiona al Dictador ahora que han descubierto que era -junto con todo- un ladrón. Es ciertamente impresentable. Nadie decente puede avalar a un tipo que le ha estado robando al estado por más de veinte años…, pero…

Este vuelco y la nueva condena me resultan incómodos.

¿Por que?

Porque uno de los supuestos de la “transición a la democracia” y “reconciliación” de los chilenos es el mentado “ya nunca más” violaciones a los derechos humanos.

¿Pero cómo creer en quien se rebela frente al robo y toma distancia del ladrón, pero no lo hace de igual forma frente al asesino?

Porque claro… ¡el robo es impresentable, pero las violaciones a los derechos humanos se justifican por el contexto histórico-político (la guerra interna como dicen)!

¡Y ahora resulta que un desaparecido vale menos que un dólar robado!
¡Que la tortura no es tan terrible como el robo! ¡que la violación no es tan mala como la evasión tributaria…!

¿Y esperan que con esa -tácita- distinción aceptemos las nuevas credenciales democráticas de la derecha?

¡¡¡Nadie puede ser tan caradura!!!

Pero bueno; para ser honestos yo tampoco creo en un “nunca más”; después de todo la democracia no ha sido más que un estado de excepción en la historia; un momento, un acontecimiento y no un topos substancial, una posibilidad altamente improbable y de darse, una práctica –al menos- dudosa…

Puede ser que al leer esto se piense que no apunta en la línea correcta; esa que nos señala el camino de la reconciliación. Pero después de todo no puedo no tener presente los últimos versos del poema “Militancia” de Mario Benedetti:

“y si una cosa hemos por fin aprendido
es que el rencor no vale casi nada
pero menos aún vale el perdón

así que será útil que vayan sabiendo
los buenos
los regulares
y los malos
que si de ahora en adelante caminamos y crecemos y buscamos
y hasta cantamos juntos
eso no quiere decir de ningún modo
que hayamos empezado a perdonar

la militancia también es
una memoria
de elefante.”

El Olvido también me sabe a crimen; y ese sabor no puedo -ni quiero- evitarlo.

Un beso en la oscuridad
Alkkáno