Miguel Serrano

Este Sabado pasado, 28 de Febrero, murió -de un derrame cerebral- el poeta y escritor chileno, Miguel Serrano.

Político y diplomático, Serrano siempre fue más conocido -antes que por su escritura- por su filiación irrestricta a la ideología nacional-socialista y a lo que él llamaría, Hitlerismo Esotérico.
Amigo de Hesse, Jung, Charles de Gaulle, la Reina Isabel de Inglaterra, Jawaharlal Nehru, Indira Gandhi,  el Dalai Lama…, etc…

Hoy día hablaba con un amigo comunista que lo conoció  (si bien yo nunca lo vi -más allá de un conferencia bellísima, dada por él hace años en la universidad- conozco mucha gente que sí lo conoció, incluso familiares) junto a un buen tabaco y café turco, respecto a las contradicciones que siempre me produjo -y aún hoy me produce- una figura como Miguel Serrano.

Yo he escrito otras veces, en este blog, lo que pienso del nazi-fascismo; y me ha ganado no pocas peleas por ello. Y no tengo problemas en señalarlo una vez más:

ME DA ASCO, y considero que es una ideología que debe ser barrida del piso de la historia…

Sin embargo…

Sería una farsa no reconocer el genio de Serrano…, su destreza con la pluma, la belleza de sus tropos. Dicho en pocas palabras no sólo era un hombre de una cultura omni-abarcante, sino que también un escritor -si se me permite la expresión- “De La  Puta Madre”.
Sin lugar a dudas, una de las plumas más dotadas que he tenido el privilegio de leer.

No me duele la muerte de un nazi.
Pero sí me duele la perdida de una de las grandes plumas nacionales.
Aunque al final de sus días ese genio se haya consumido en producciones que fluctuaban entre la extravagancia y el delirio.
(escribo esto y recuerdo el relato de Serrano sobre sus conversaciones con Ezra Pound…)

Soy de los que creen en la independencia de la creación artistica y lo sostengo haciendo mio el texto de Leon Trotsky, André Breton y Diego Rivera, Manifiesto por un Arte Revolucionario Independiente (texto publicado hace un tiempo en este blog).

Si se tratara de no distingir entre creación artristica e ideología, entonces no leamos a Borges que apoyo las dictaduras militares latinoamericanas, no leamos a Ezra Pound que trabajo activamente por Mussolini, y hagamonos cargo desde la izquierda -por ejemplo- de Neruda que era “un poquito” stalinista…

Muchos amigos y compañeros quizá no entiendan esto y me acusen de cuanto crimen contra-revolucionario existe.

Pero…

No…, no voy a caer en la trampa y lugar común -de muchos- de evitar la incorrección política y criticar a un gran escritor, mientras se hace panegírico de tanto mediocre y olvidable escritucho de cuarta, sólo por su inocua corrección política.

Sí, es cierto, no hay que equivocarse. Serrano era el enemigo.
Pero era un gran enemigo.

Miguel Serrano (1917 – 2009)


Hace unos días en el Mercurio Cristián Warnken, escribió una columa de opinión, por la que ha sido tremendamente críticado, y que sin embargo a mí me parece justa… y por eso reprodusco a continuación:

Opiniones
Martes 03 de Marzo de 2009

Serrano y el misterio de Chile

Cristián Warnken
Con Miguel Serrano se acaba una época, una generación y un Chile que, mirado desde nuestra actualidad, nos parece irreal, mítico, casi inexistente. Esta última cualidad era para Serrano -por lo demás- garantía de verdadera realidad. Él fue el que habló siempre ” de la flor inexistente, por la que vale la pena dar la vida, porque no existe”. Creo que esa frase, que le oí muchas veces decir, resume, mejor que nada, su poética surrealista “sui generis”, vivida al pie de la letra y no como manifiesto retórico, como terminó sucediendo con los surrealistas europeos. Artaud, cuando llegó a México escribió que el surrealismo que ellos creían haber inventado en el Viejo Continente, ya existía en la realidad, en las calles, en América. Por eso el poeta Armando Uribe ha dicho que Serrano es el único surrealista de estos lares, un surrealista auténtico, de verdad.
No hay ni habrá otro Miguel Serrano. Tal vez en otra galaxia, u otro mundo paralelo, como esos por los cuales él tenía particular devoción. Es la flor literaria más extraña e inclasificable de la historia literaria del Chile del siglo XX, salvo que queramos usar el cómodo recurso de la caricatura y la simplificación. Pero al mismo tiempo es tal vez el más chileno de los escritores de Chile, aquel que vivió a Chile como misterio y como enigma por descifrar a través de la poesía.

“Ni por mar ni por tierra” se ha convertido en un libro de culto, y lo seguirá siendo por muchas décadas, un poema-memoria en prosa, a la altura de los mejores poemas de Neruda, Mistral y Parra sobre Chile, como documento y respuesta de la palabra a la interpelación de este paisaje que nos excede. Libro favorito de Jorge Teillier, ahí están las claves de muchas de las obsesiones de un Serrano que vivió a fondo la nostalgia por un Chile profundo.

Para resolver ese misterio que le quemó el corazón, Serrano cruzo la cordillera (que para él eran dioses dormidos), el océano y emprendió un viaje iniciático único, buscando respuestas a las preguntas por Chile en su paso por la India, Yugoslavia y en su amistad electiva con Hesse, Jung, Indira Gandhi, el Dalai Lama, el escultor vasco Oteiza y tantos otros.

Serrano es un escritor profundamente religioso, en el sentido más originario de la palabra, un místico disfrazado de memorialista, que buscó nuevos dioses que llenaran el vacío tremendo que le dejara el Dios perdido en la infancia, ése que probablemente recibió por osmosis del entorno familiar (los Huidobro y los Fernández Concha) de un Santiago de comienzos del siglo XX, en las mágicas Santo Domingo o Lira, calles de una ciudad hoy definitivamente borrada del mapa. Huérfano muy niño, Serrano fue también un huérfano literario. Decepcionado de los dioses locales de la literatura (él fue sobrino de Vicente Huidobro), quemó todas las naves para reinventar un estilo, una literatura que no fuera mera copia de modelos foráneos. Eso lo llevó al límite de quemar sus propios libros en los faldeos de la montaña, en un acto poético que revela el intento más radical en nuestro idioma por romper el imposible cerco que separa -desde hace siglos- el arte de la vida. Serrano es el sobreviviente de una generación -la del 38- de fantasmas, jóvenes que vivieron su tiempo y su espacio vital como drama, y que no dejaron prácticamente rastro alguno.

“Nosotros, desde la niñez, hemos sido impelidos a la rebelión y la soledad. Sin pilares firmes, sin puntos de apoyo, cuando todos los valores se derrumbaban y los que aún subsistían eran aún extraños al alma, pudimos sobrevivir por un esfuerzo anormal”.

Conversar con él significaba cruzar a la vereda de enfrente de un mundo mítico creado por su imaginación poética, vereda que empezaba en la antigua calle Lira y terminaba en La Ciudad de Los Césares. Hablar con él es hacerlo con Barreto, su alter ego, militante socialista y escritor fallecido prematuramente, asesinado en las calles por la milicias nacionalsocialistas. Serrano siempre sintió en Barreto al doble, al “otro yo” y tengo la impresión que siempre lo buscó con nostalgia imposible, al punto de terminar abrazando la misma ideología de quienes lo asesinaron, paradoja difícil de entender si es que no se lee a Serrano desde sus propias claves.

Es lamentable que Serrano no haya continuado escribiendo prosa poética y haya preferido gastar su tinta mágica en panfletos de dudosa calidad, muy por debajo de su genio poético. Los grandes creadores son también sus contradicciones, errores y pasiones. Está Neruda con su insoportable “Oda a Stalin” y él y tantos intelectuales de izquierda con su silencio culpable frente a las masacres del siglo XX. Está Serrano con su irredimible lealtad a un nazismo trasnochado. La lealtad -su gran virtud- fue también su gran defecto. Lo admiré y lo estimé desde la diferencia, como si hubiera encontrado en él a un amigo fuera del tiempo. A las 9.50 de la mañana del 28 de febrero, cuando sentí los truenos y relámpagos que caían sobre la cordillera, mientras él partía, no pude dejar de sentir que nuestra geografía (esa novia mística, hermosa, potente y frágil que tanto amó) le daba el adiós que él hubiera querido escuchar, más que la gloria literaria, que nunca buscó y que él mismo se encargó de arruinar con su adhesión y lealtad a lo imposible.

“…el hombre, dónde estuvo?”

Leo sobre los Nabateos, prendo la televisión y en ese preciso momento están dando un documental sobre ellos.
Neruda, en “Canto General” se interroga -con Machu Pichu como motivo- sobre el hombre; sobre el hombre que levantó monumentos de piedra, sobre el hombre que trabajó la arcilla, sobre el hombre que como siempre es el gran olvidado en la historia.

Nietzsche, cuando crítica el concepto de historia, distingue entre lo monumental. lo heroico, lo genealógico.
Pero todavía falta algo.

Faltan las manos, falta el sudor, falta el trabajo del hombre.
Falta la pregunta de Neruda.

Neruda se interroga a propósito de Machu Pichu: “PIEDRA en la piedra, el hombre, dónde estuvo?”
Nosotros podemos extender la pregunta e interrogar a la Ciudad Rosa de los Nabateos.

PETRA

Pablo Neruda

Pablo Neruda

X

PIEDRA en la piedra, el hombre, dónde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre, dónde estuvo?
Fuiste también el pedacito roto
de hombre inconcluso, de águila vacía
que por las calles de hoy, que por las huellas,
que por las hojas del otoño muerto
va machacando el alma hasta la tumba?
La pobre mano, el pie, la pobre vida…
Los días de la luz deshilachada
en ti, como la lluvia
sobre las banderillas de la fiesta,
dieron pétalo a pétalo de su alimento oscuro
en la boca vacía?
                            Hambre, coral del hombre,
hambre, planta secreta, raíz de los leñadores,
hambre, subió tu raya de arrecife
hasta estas altas torres desprendidas?

Yo te interrogo, sal de los caminos,
muéstrame la cuchara, déjame, arquitectura,
roer con un palito los estambres de piedra,
subir todos los escalones del aire hasta el vacío,
rascar la entraña hasta tocar el hombre.
 
Macchu Picchu, pusiste
piedra en la piedra, y en la base, harapos?
Carbón sobre carbón, y en el fondo la lágrima?
Fuego en el oro, y en él, temblando el rojo
goterón de la sangre?
Devuélveme el esclavo que enterraste!
Sacude de las tierras el pan duro
del miserable, muéstrame los vestidos
del siervo y su ventana.
Dime cómo durmió cuando vivía.
Dime si fue su sueño
ronco, entreabierto, como un hoyo negro
hecho por la fatiga sobre el muro.
El muro, el muro! Si sobre su sueño
gravitó cada piso de piedra, y si cayó bajo ella
como bajo una luna, con el sueño!
Antigua América, novia sumergida,
también tus dedos,
al salir de la selva hacia el alto vacío de los dioses,
bajo los estandartes nupciales de la luz y el decoro,
mezclándose al trueno de los tambores y de las lanzas,
también, también tus dedos,
los que la rosa abstracta y la línea del frío, los
que el pecho sangriento del nuevo cereal trasladaron
hasta la tela de materia radiante, hasta las duras cavidades,
también, también, América enterrada, guardaste en lo más bajo
en el amargo intestino, como un águila, el hambre?